Reseña: Firmin ~ Sam Savage

Firmin (foto: Elwen)

Siempre imaginé que la crónica de mi vida, si acaso alguna vez llegaba a escribirla, tendría una primera frase excelente: algo lírico, como «Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas», de Nabokov; y si no me salía nada lírico, algo arrollador, como «Todas las familias felices se asemejan, pero cada familia desdichada es desdichada a su manera», de Tolstói. La gente recuerda estas palabras incluso cuando ya ha olvidado todo lo demás que hay en el libro.

¿Existe una forma más inolvidable de comenzar?

Que no os engañe esta rata que detesta ser comparada con Mickey Mouse. Firmin no es un cuento infantil sobre las aventuras de un ratoncillo, sino más bien una rata con aires de grandeza humana, algo pervertido, bibliobulímico y con tendencia depresiva. Sus poco más de doscientas páginas son una sucesión de alabanzas a la pasión por los libros y el maravilloso mundo de la lectura.

Mi devoración, al principio, era tosca, orgiástica, descentrada, cochina -me daba igual emprenderla a mordiscos con Faulkner que con Flaubert-, pero pronto empecé a percibir sutiles diferencias. Me di cuenta, al principio, de que cada libro poseía un sabor distinto -dulce, amargo, agrio, agridulce, rancio, salado, ácido-, y según fue pasando el tiempo y mis sentidos ganaban agudeza, llegué a captar el sabor de cada página, de cada frase y, finalmente, de cada palabra.

La lectura de Firmin comienza de forma deliciosa pues, si eres un apasionado de los libros, te sentirás tan identificado con esta rata que cada frase te parecerá gloriosa. Firmin nace en el sótano de una librería y a diferencia de sus doce hermanos, no tiene ningún interés en las calles y las juergas rateras. Él quiere ser Fred Astaire y leer tantos libros como alcancen sus pezuñas. Así es como avanzamos por las crónicas de su vida, de sus idas y venidas entre los libros, la búsqueda de comida y las noches de cine erótico. El problema es que hacia la mitad ya nos hayamos cansado de tanta melancolía. Dice la contraportada y algunas reseñas que he leído, que el libro destila humor y encanto. Para nada me pareció tal cosa. La historia de Firmin, es triste y monótona, y la brillantez de las primeras cien páginas se van perdiendo en el camino hacia un final abstracto y poco digno.

Mi conclusión es que Firmin es como El Principito, te puede gustar o lo puedes odiar (yo confieso). No es una lectura apta para todos los públicos, no porque sea solo para adultos, sino porque dentro de este grupo tampoco gustará a todos. A mí personalmente no me ha llenado el corazón pero como segunda  lectura ha sido maravilloso. He podido paladear cada párrafo y saborear cada frase. Que Sam Savage a sus ochenta años y con su primer libro se haya convertido en un maestro de las palabras, es indiscutible.

Una vez, en un bar, un hombre me preguntó que a qué sabían los libros, «así, por término medio». Se me ocurrió una respuesta inmediata, pero no quise hacer que se sintiera totalmente idiota, de modo que hice como que me lo pensaba y al cabo de un rato le contesté: «Amigo mío, dado el abismo que separa todas tus experiencias de todas las mías, lo más cerca que te puedo situar de ese sabor tan único es decirte que los libros, así, por término medio, saben a lo mismo que huele el café.»

P.D. Espero que nadie se ofenda por la foto, a Romeo también le gusta devorar libros.

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