Letters from the Moon (IV): Soy mi propia Tirana

Yo, Elwen, hija de MariaEstherwen, me confieso tirana en las tierras de Midnight Eclipse ahora y hasta el fin de los días o que me llegue la hora de partir a los Puertos Grises.

No considere usted esto como una labor de críos pues ser tirana requiere más esfuerzos de los que hace cualquier dictador de poca monta. Cada día, al alba, y como primera tarea en mis funciones, tengo que lidiar con aquellos que me acusan de despiadada en mis críticas ejecuciones. Si no hago un mantenimiento exhaustivo de los muros de mi fortaleza, los trolls pueden llegar hasta mis propias estancias personales e inundar mi reino de insultos y faltas de ortografía. <Voz de Gandalf>No… puedes… pasaaaaaar</Voz de Gandalf>

Tras el mantenimiento diario y con un yogur de beber y dos donuts en la mano (no solo de malos libros se alimenta el tirano), me dispongo a abrir correos y más correos, de spam, de gente que se cree dueña de tu tiempo y aquellos que pretenden doblegar mi voluntad por una palabra errónea. La mitad de los días es tarea fácil: borrar, borrar y borrar. Después viene la parte ardua, la de las visitas, porque si no lo haces eres aún más tirano, si no le has dado una oportunidad al nuevo, un capullo y si te falta tiempo… te jodes. La mitad de ellos también son tarea fácil: borrar, borrar y borrar, que para algo ya tengo una cruz puesta en la frente. No hay nada más satisfactorio de aprovecharte del apodo de borde (aunque en el fondo desees que te aprecien como tú aprecias su trabajo diariamente). Sin embargo, no deja de ser la más larga de mis tareas, agotadora e infinita. Para cuando me doy cuenta el mediodía pasó hace rato, no he almorzado, me quedan otros doscientos, y muchos posts por escribir.

Y ahí seguimos (mi blog y yo, que no somos 20) cuando el sol se acerca al horizonte y planto los pies en lo alto de ese pilar con forma de media luna dispuesta a doblegaros con mi tiranía a cambio de nada, o más bien de un “gracias”, que no se mide con dinero sino con tiempo, estrés, dolores de cabeza y muchos, muchísimos disgustos. Es mi momento favorito del día, ese en el que estiro los dedos sobre una hoja en blanco y os suelto el discurso de todo buen tirano. El que os convencerá y embaucará para que acudas raudo a la librería o te quedes en casa. Pero, ¡ojo!, porque si crees que como dueño de tu casa puedes descalzarte y tirar la ropa sucia en el baño estás equivocado. Todo tirano es esclavo de sus propias palabras. Tus súbditos tienen la libertad de quejarse de tu maldad pero tú, amigo mío, serás censurado y maniatado pues en tus hombros recae la responsabilidad de ser educado y cordial con lectores y editoriales. No puedes, sin querer, confundir el papel con la edición. Jamás confundas la sinopsis con el argumento y te crees expectativas. Y por encima de todo, nunca, jamás,  utilices palabras malsonantes para decir que un libro es una mierda. No es él, eres tú. Tú no querías que pasara pero pasó. No te gustó. ¿Y entonces? Entonces te llamaron tirana 😛

Firmado:
La esclava Dictadora de sus palabras.

P.D. Que nadie sucumba a la tentación, los comentarios para ensalzar o desacreditar estarán deshabilitados en este post. Tenéis mil maneras de localizarme (por si no encontráis remedio al picor) pero hoy soy mi propia tirana.

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