Letters from the Moon (VII): ¿Eres lo que lees?

En las últimas dos semanas la cantidad de artículos insultantes que he leído ha sido casi alarmante. El ser humano tiende a prejuzgar (si lo sabré yo) pero vivimos ajenos a ello hasta que nos tocan personalmente la fibra. Del mismo modo que nos hacemos una idea del contenido de un libro por la apariencia de una cubierta fea o bonita, tendemos a reírnos y valorar de los demás por cómo son físicamente, cómo visten, lo que escuchan, las películas con las que disfrutan y muy en especial por lo que leen.

Y ustedes dirán, ¿a santo de qué viene esto?

Este blog nació de una necesidad personal de llenar un vacío. Hay muchos críticos en la red (aunque por aquel entonces no tantos) y muchas revistas de críticos en el quiosco, pero ninguno hablaba a las claras de los libros que a mí me gusta leer. Me encantan los libros comerciales, facilones, que me alejen de esta vida en paro a la que nos ha arrastrado la crisis y me pinten una sonrisa en la cara con diálogos ocurrentes, fantasías irrealizables y hombres (o mujeres, según el día) que jamás conoceré. Pero los “intelectuales” (y lo digo con todo el sarcasmo del mundo) no leen lo que yo leo y entonces, ¿a quién pedirías tú consejo? Sé que no soy la mejor consejera del mundo pero fue mi ego escondido tras una pantalla de ordenador quien decidió abrir este espacio. Porque él creía, más que yo, que ahí fuera había gente que compraba mis mismos libros. Curioso, ¿no? Las vueltas de la vida han querido que mi ego, y yo, sigamos aquí tres años más tarde con la confianza de que lo que leo no me hace más estúpida, ni más pervertida, ni más infantil, ni más ilusa. Me gusta leer. Punto.

Y del mismo modo que me gusta leer, me gusta que los demás lean. En libertad; sin prejuicios ni reglas. No me gusta que los periodistas o críticos consideren que de pronto la trilogía erótica de E. L. James ha sido una revolución para nosotras, las mujeres. Durante años hemos tenido que disfrazar nuestras lecturas por sus absurdos prejuicios y esconder al mundo la tortura que supone para los ojos ver las nalgas de Fabio. No, señores, los lectores digitales no han hecho que leamos más novela erótica, solo han hecho que podamos sacarla a la calle. No me avergüenzo de lo que leo y me gusta hablar de ello con mis amigas en una cafetería, mitad riendo mitad gritando efusiva, ya sea del macizo mandón de turno o del libro juvenil de moda. No veo por qué debo comprarme Harry Potter o Los Juegos del Hambre con un diseño de portada “adulto” para enmascarar una lectura “juvenil”. Y lo que es más importante, no veo por qué alguien como el señor Joel Stein me considera menos adulta, menos madura y menos persona por disfrutar de lo que leo. Decirles a las personas lo que deben o no leer es un acto de tiranía que muchas veces desemboca en que algunas personas odien leer. ¿Ha comprobado cuántos “jóvenes” obligados a leer libros “adultos” en el instituto han acabado por no abrir ninguno más en su vida? ¿Y cuántos “adultos” que han abierto un libro “juvenil” se han enganchado a una afición que hasta ahora les era desconocida? Si usted ama la literatura tanto como alardea, entonces párese a pensar a cuántos ciudadanos está privando de descubrir la revolución de Los Juegos del Hambre, el valor de Harry Potter y el amor incondicional de Crepúsculo.

Comparte...Share on FacebookTweet about this on TwitterPin on PinterestShare on Google+Share on TumblrEmail this to someone

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *