Anna y Francesca son dos amigas adolescentes que crecen en un barrio obrero de Livorno. La vida de este barrio, ligada a la planta metalúrgica anexa, esta llena de dificultades y penurias, de familias inconexas y delincuencia, pero sustentada sobre una férrea amistad.
No es De Acero una historia amable. A pesar de narrar la vida de dos adolescentes la novela encaja perfectamente en el género de novela realista. Si bien hay escenas que exaltan la amistad, lo cierto es que la gran mayoría de los pasajes hacen gala de relatar sucesos que nos hacen pensar si realmente vivimos en una sociedad tan civilizada como pretendemos aparentar. Algunas palizas, machismo, robos y drogas son el pan nuestro de cada día en esos barrios deprimidos del extrarradio de nuestras ciudades. Si estás fuera de esa realidad es fácil abstraerse y pensar que no ocurre, pero eso no significa que deje de pasar.
Utiliza Silvia Avallone una prosa sencilla y un ritmo sostenido durante toda la novela. No disecciona escenas ni se abunda en grandes descripciones. Parece más bien que intenta transmitir un mensaje de crítica social a sus lectores y quiere que este llegue al mayor número de personas posibles. Ella misma se hace participe de la novela identificándose con alguno de los personajes secundarios, lo que induce a creer con la mayor certeza que, probablemente, la gran mayoría está basada en su propia experiencia vital.
Leyendo la novela uno no puede evitar pensar en la suerte que ha tenido creciendo donde ha crecido y teniendo los padres que ha tenido. Una de las grandes taras que se reafirma en el libro y que impide el correcto desarrollo de las protagonistas son las propias familias. Todo es más fácil cuando tus padres se preocupan por ti o al menos, no te muelen a golpes día si, día también. Ante la carencia de ese factor a poco se puede aspirar en la vida salvo a un golpe de suerte o a que tu propia capacidad te induzca a salir del pozo. Un pozo no demasiado profundo, pero lo suficiente para no dejarte ver más allá de tu propio entorno.
Un buen libro por la crítica y la realidad que transmite. Un ejemplo de como de una sencilla idea se puede sacar una buena historia. Un libro que muestra la parte oscura de la vida que, aunque no queramos ver, siempre está ahí.





Nº páginas: 368 – Precio: 17,50€
Editorial: Alfaguara – ISBN: 9788420475004
Edad Recomendada: A partir de 18 años








Probablemente muchos de ustedes conocerán a Sarah Gruen por la recientemente estrenada Agua para Elefantes. El manuscrito, que inicialmente fue rechazado, ha vendido ya unos 3 millones de ejemplares en todo el mundo, sin contar los tantos otros que han preferido ver su versión cinematográfica. El amor por los animales es el sello distintivo de Gruen en todas sus novelas incluida esta, su más reciente, La Casa de los Primates.
Alice y Carlo, y el instituto, y los amigos, las clases y los profesores, los padres y el desamor, y la madurez y el amor. Dos pequeños libros en uno, dos historias iguales y divergentes, que se complementan y sueñan, crecen y se encuentran.
Vaya por delante que solo un necio se atrevería a criticar la obra de un Premio Nobel de literatura y de un tipo con tan alta calidad de vocabulario y de conocimiento lingüístico. Por eso no lo voy a hacer. Sin embargo si que voy a expresar mi opinión sobre lo que me ha gustado (que ha sido poco) y lo que me ha disgustado (que ha sido mucho) de este libro.
En japonés, la letra Q y el número 9 son homófonos. Se pronuncian igual. En torno a esta idea gira la nueva novela de Murakami. En un año alternativo a 1984 se desarrolla la historia de los protagonistas, Aomame y Tengo, dos jóvenes en la treintena cuyas vidas se separaron a los diez años y que han seguido caminos paralelos. Los dos son personas solitarias con vidas secretas. Tengo es profesor de matemáticas y escritor en la sombra. Aomame es monitora de gimnasio y asesina.
Ella tenía unos padres tradicionales y perfectos. Él tenía un problema gástrico con los besos. Y el tercero en discordia, Kurt, era «un braco alemán de pelo duro» que consideraba que levantar una pata junto a un árbol era un esfuerzo supremo. Como escenario principal, la nieve navideña y dirigiendo la obra nada menos que las letras irónicas de Daniel Glattauer. Con esto, para mí, el placer de la lectura está asegurado.