Si Jane Austen hubiera escrito hoy sobre la sociedad de su época sin duda hubiera tenido un gran parecido a la obra de Regina Scott, con un texto sencillo, una historia de fácil lectura, unos diálogos más fluidos pero sin perder esa ironía sobre la época y las frases corteses con un lenguaje formal y nada común hoy en día. Creo que esto describe bastante bien cómo es La Petite Four, una recomendación que tomé prestada allá por enero y que no me ha decepcionado para nada.
Esta mañana terminé por fin un libro demasiado complejo y alejado de mis lecturas habituales. El Fantasma de Anil cuenta la historia de varios personajes en una época de terror en Sri Lanka, 1992. El pueblo inocente se ve envuelto en el fuego cruzado entre separatistas tamiles, el Ejército Popular de Liberación y el Gobierno. Fuera del país la ONU es consciente de que el Gobierno atenta contra sus ciudadanos pero hasta ahora no ha habido pruebas, el resultado a lo largo de 1992 son alrededor de 20.000 muertos. Da escalofríos pensar que eso pasó hace tan solo 17 años y que aún hoy Sri Lanka sufre el terrorismo de los Tigres Tamiles.
Sinopsis: Un día Bruno llega a casa y la criada está empaquetando sus cosas en cajas, incluso las pertenencias que eran suyas y de nadie más, porque se trasladan a otra casa que solo tiene tres plantas (no cinco como la de Berlín, incluyendo el sótano y la buhardilla). A su padre lo han ascendido porque el Furias tiene grandes proyectos para él y ahora vivirán en un sitio horrible llamado Auchviz donde hay mucha gente vestida con un pijama a rayas al otro lado una alambrada.
El niño con el pijama de rayas comienza de manera deliciosa metiéndonos en la mente de un niño de 9 años que a más de uno parecerá excesivamente inocente para su edad (tal vez porque Bruno nació el 15 de abril de 1934) para pronto convertirse en repetitiva, simple y hasta fría. No voy a negar que el trabajo es bueno y la idea original, disfruté de la perspectiva del niño y su modo de entender las cosas. Pero John Boyne ha educado un niño demasiado serio, al que le falta estar más despierto, hacer alguna travesura y encogernos el corazón. La novela se me queda algo corta, tengo la impresión de que le falta algo por en medio y sin lugar a dudas le falta mucho en el final. ¿Dos páginas para un capítulo final? Me parece que todavía podía haber profundizado solo una página más para apretarnos el corazón.
Un día caminando por la calle ves a alguien que sin un motivo particular te llama la atención y empiezas a imaginar toda clase de historias sobre porqué está impaciente sentada en aquel banco del parque vestida de esta o aquella forma. Algo parecido debió de ocurrirle a Tracy Chevalier el día que vio Muchacha con turbante de Johannes Vermeer. La joven de la perla, como ella ha titulado a su manera, cuenta la historia de cómo se creó este magnífico cuadro del pintor holandés durante el siglo XVII.
El libro es un sencillo retrato de la época bien pintado, con trazos claros y con acogedores colores ocres que nos animan a permanecer leyendo. Una historia breve pero bien contada sin aspiraciones a nada más allá de la relación entre un pintor y su criada. La joven de la perla no encierra enigmas en un cuadro ni soluciones a la búsqueda del grial, tampoco busca el escándalo ni lo indecoroso. Lo que Chevalier nos regala es una imagen casi real del estudio del pintor, cómo trabajaba y preparaba sus cuadros, todo desde el punto de vista de la única persona a la que se le permitía estar ahí, Griet. La relación de Vermeer con ella tiene tantos matices y sutilezas que ninguno de los dos sabe lo que siente y es precisamente eso lo que a veces se echa un poco en falta. Para ser una historia contada en primera persona nunca llegamos a conocer del todo lo que piensa u opina Griet de lo que la rodea, ella es reservada hasta en sus pensamientos.
Hace un par de años la historia se llevó al cine con Scarlett Johansson y Colin Firth como protagonistas, y posiblemente el motivo por el que la obra se ha vendido tanto. Después de escribir esta crítica personal del libro he decidido verla para darle una pequeña valoración. Como era de esperar no es calcada al libro, una de las partes quizás más importante que se ha borrado totalmente de escena es la familia de Griet. Pero en general la esencia de la obra está ahí gracias a la magnífica interpretación de los actores (creo que Griet no podía ser otra que Scarlett Johansson) y a la imagen tan cuidadada. En ocasiones me parecía estar viendo cuadros del siglo XVII en movimiento, es sin duda lo que más me gustó.
Espero tener pronto en mis manos El Maestro de la Inocencia de la misma autora al que le han hecho una edición preciosa.





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