Cazadores: Capítulo I

Desperté con un rayo de sol sobre la cara y el vello de la nuca se me puso de punta. Aquel olor era para mí sinónimo de enemigo y cada músculo de mi cuerpo se tensó en alerta. Sin duda un acto involuntario un tanto estúpido por parte de mi instinto que lo siguiente que hizo fue doblarse sobre un costado.

– ¿Resaca? – dijo una voz como un suave ronroneo.

Miré alrededor, todo estaba oscuro excepto aquella franja de luz que me había despertado. Pensé en las posibilidades que tendría de saltar y abrir las cortinas.

– Antes de que pestañees te habré arrancado un brazo.

Aquella nueva interrupción de mis pensamientos me dio la situación exacta del maldito chupasangre con el que había tropezado la pasada noche. Su delgada figura vestida de negro apenas se recortaba sobre la butaca frente al sofá en el que estaba aún tumbada. Los largos cabellos que enmarcaban su cara ya no reflejaban el brillo de la luna pero seguían destacando por encima de toda aquella oscuridad.

– ¿Dónde estoy? Te advierto que no tengo intención de servirte de desayuno.

– Oh cariño, si quisiera desayunar lo habría hecho antes de que dejases ese olor a perro en cada fibra de mi caro sofá. Es más, antes me prendería fuego que beber tu sucia sangre. Y ahora, ¿por qué no eres una chica educada y me dices cómo te llamas? – Su voz melosa era capaz de insultarte en el mismo tono que te invitaba a una cena.

– ¿Qué hago aquí? – decirle mi nombre era lo más sensato.

– Esa era precisamente mi siguiente pregunta pero dado que no me vas a decir tu nombre tal vez sí puedas decirme qué hace una pe… loba lejos de su manada en Central Park. Debo confesar que estoy sorprendido de no tener un coro de perros aulladores bajo mi ventana, ¿es posible que a Fowlson se le haya descarriado una de sus cachorras? – me miró de arriba abajo con una ceja arqueada, en ese momento sentí mi desnudez y atrapé un cojín incapaz de taparme por completo. – Por tu aspecto no parece probable que le gustase dejarte al alcance de otros.

– ¿De qué manada me hablas? ¿Y quién es ese tal Fowlson? – Aquello empezaba a carecer de sentido, en mis 25 años no había cruzado más que gruñidos con un vampiro. Él volvió a arquear su ceja y por primera vez vi una sombra de duda cruzar su cara y de algo más, ¿miedo tal vez?

– No trates de engañarme muchacha llevo suficientes años caminando por estas calles como para saber quién es mi enemigo. Todos vosotros, perros callejeros, van siempre juntitos y Fowlson es de sobra conocido en esta ciudad.

– Mira, no sé de quién me hablas y no veo por qué yo tenga que serle nada a ese tal Fowlson.

Perra estúpida e inconsciente. Este Fowlson cada vez tiene una manada más idiota.

– Agradecería que dejaras de insultarme, – dije. – Y ya te he dicho que no conozco a ese tal Fowlson.

Sus ojos se abrieron de par en par. No veía cuál era la sorpresa, a fin de cuentas yo no era en estos momentos ningún tipo de amenaza.

– Sería más fácil si tuvieras un nombre, ¿y cómo demonios has hecho eso?

– Cordelle – respondí con disgusto. – ¿Me puedes explicar de qué diablos me estás hablando?

Esto no tiene ningún sentido.

– No, no lo tiene – me crucé de brazos olvidando el cojín sobre mis piernas igualmente cruzadas sobre el sofá. Bajo aquella oscuridad solo era capaz de ver sus ojos pero claramente parecía irritado. Enfadar a un chupasangre era algo que siempre se me daba bien.

– ¡Basta! – De un paso se había puesto frente a mí y me zarandeó los hombros. – ¡Para ya de leer mi mente!

Encima de chupasangre está loco, lástima es bastante sexy y esa mirada…

– Gracias por el cumplido pero yo no estoy loco.

Esta vez fui yo la que abrió los ojos y se llevó las manos a la boca. ¿Cómo ha hecho eso?

– Eso quisiera saber yo

– Oh, por favor, ¡sal de mi cabeza! – grité.

– ¡Has empezado tú!

– ¿Qué coño me has hecho? ¡Maldito demonio chupasangre!, ¿qué clase de brujería es esta?

– Esto no está bien, esto no está nada bien, ¿por qué tuve que traerla? – daba vueltas frente al sofá. Sus pensamientos fugaces como un borrón se entremezclaban con aquella letanía. La cabeza empezaba a dolerme, noté el estómago vacío y un mareo se aproximaba por el borde de mi visión.

– ¡BASTA! – grité frotándome las sienes. El silencio se hizo de inmediato seguido de la sensación de furia contenida. Nadie le gritaba a un vampiro si no estaba dispuesto a morir por ello. Alzó una mano y atrapó mi cuello contra el sofá, sus ojos se habían vuelto rojos y los colmillos clamaban sangre.

– Eso no ha sido muy buena idea – dijo.

– Yo… lo… lo siento – me temblaba todo el cuerpo. Tragué saliva. – La cabeza me iba a estallar.

Me miró con curiosidad mientras parecía debatirse con algo. Ya sea por terror o por tener los sentidos embotados esta vez no escuché ni uno solo de sus pensamientos. Empezaba a faltarme el aire y la vista se me nublaba. Vi sus ojos recuperar el tono gris a juego con aquellos enigmáticos cabellos blancos y su mano aflojó la presa en el instante en que volvía a perder la conciencia. Otra vez no fue mi último pensamiento.

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