Cazadores: Prólogo

Seguía el rastro de ese olor tan particular. Ese penetrante aroma a antiguo y humedad de los que absorben la calidez de los vivos. La noche, aunque negra bajo la copa de los árboles, era clara por la luna llena. Mi instinto, mi olfato y la visión del animal que soy me dejaban ver el rastro plateado de la criatura a la que estoy predispuesta a odiar.

La alocada carrera me llevó hasta el borde de un claro donde la luz de la luna bañaba a dos figuras abrazadas. Salí de entre los árboles, dejando ver cada uno de mis afilados dientes con un gruñido. Él me miró, soltando a su víctima, con miedo y dolor en el fondo de los ojos, y una actitud prepotente en el resto de su cuerpo. Era hermoso, más que ninguno con los que había cruzado garras antes. Su torso pálido desnudo y los largos cabellos parecían plata en la claridad de la noche. Algo en su mirada me hizo bajar la guardia aquel día mientras él se abalanzaba con todas sus fuerzas hacia mí.

Antes de que pudiera darme cuenta sus uñas me habían desgarrado la carne cerca de las costillas. Me vi abrumada por el dolor lacerante que me había provocado aquel indeseable. Intenté recuperar la ventaja y destrozar su garganta antes de que las heridas de mi torso lo animaran a desangrarme. Pero el muy canalla me tenía bajo su peso y sometida a la fuerza inhumana de los de su raza. Vampiros, la mera palabra me daban arcadas. Sus ojos ya sin rastro de temor me miraban directamente, con los colmillos apuntando hacia mi cuello. Pensé que aquel era mi final. Desde luego había que reconocer que su aspecto en aquellos momentos era más majestuoso que el de una loba de oscuro pelaje, maltrecha en medio de un claro. La luna brillaba sobre su cuerpo inmaculado sin una perla de sudor, su cabello albino sobre el rostro le daba ese aspecto temerario de aquellos que viven en las sombras de la noche. Solo me quedaba un último intento desesperado para escapar de una muerte segura, recuperar mi cuerpo humano para liberarme de su prisión y ante su sorpresa volver a mi forma de loba y atacar, o huir. Con aquella herida poco más podía hacer. En el breve instante en que sus labios hicieron la más leve aproximación a mi cuello, liberé mi cuerpo de garras, pelo y todos mis sentidos. Vi en sus ojos la sorpresa esperada justo en el instante en que una punzada de dolor me atravesó el costado. Sin quererlo solté un grito desesperado que despertó a más de un ave nocturna. Había perdido la partida, en aquellas condiciones era imposible que recuperara mi condición lobuna. Moriría como una vulgar víctima ante el abrazo de un vampiro. Las imágenes se me oscurecían por momento pero aún podía sentirle ahí de pie contemplando mi cuerpo desnudo, posiblemente relamiéndose los labios ante tanta sangre.

CazadoresLo que sucedió después apenas lo recuerdo pero sé que noté el frío contacto de unos brazos envolviendo mi cuerpo y aquel olor a tierra y cerrado tan cerca de mi nariz. Con las pocas fuerzas que me quedaban intenté separarme, él tensó más los músculos y echó a andar hacia la profundidad del bosque. Las fuerzas terminaron por abandonarme y me sentí desvanecer.

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