Fantasmas del Pasado

El reloj marcó las cinco y subí con el té y la medicación. Como una bella durmiente despertada por el beso del dulce aroma de la infusión, sus ojos se abrieron lentamente. Puse la bandeja en la mesa y me senté junto a ella.

– Al fin has despertado abuela – dije sin alzar la voz para no alterar el silencio.

– Es la hora pequeña – sentenció clavándome aquellos ojos del azul del cielo en verano.

– Lo sé, ya he traído tu té  – dije – y esta vez no vamos a discutir sobre tus medicinas.

– No, esta vez no vamos a discutir… ojalá tuviera más tiempo… hay tantas cosas que quería enseñarte – continuó.

– No digas tonterías abuela, el médico ha dicho hoy que has mejorado, si no te pasases el día durmiendo lo sabrías – dije en ese tono de pelea que siempre empleaba con ella.

Miró hacia la ventana y sonrió, las arrugas alrededor de sus ojos se acentuaron juguetonas. Los rayos sol a través de los visillos revelaron su espíritu aún joven y dejaron entrever la belleza de antaño.

– Me alegro que hayas venido – dijo aún sonriendo – Veo que al fin la has encontrado, cuida de ella. Mi niña Cathy es tan dulce y buena.

– No sé qué estás hablando abuela pero gracias abuela – dije – aún así, no me vas a despistar, ahora te tomarás el té y tus medicinas.

Fui hacia la mesa y la oí suspirar a mi espalda, últimamente los sedantes la hacían decir cosas incoherentes. Serví una taza de té con dos azucarillos, cuando me volví estaba de nuevo durmiendo. Pensé que fingía, y me dispuse a emprender una batalla por las medicinas. Me acerqué a la cama y dejé la taza en la mesa de noche. Besé su frente y no se movió, la miré de nuevo en busca de una sonrisa picarona pero ella ya no estaba. Los rayos de sol habían dejado de iluminar su cara, mi abuela se había ido.

El funeral fue al día siguiente, mis padres lograron llegar en el primer tren y no quisimos demorarlo por más tiempo. Mi abuela había sido hija única, al igual que mi madre y yo misma, parecía alguna especie de herencia familiar tener una única descendencia. Pero a pesar de no tener más familia, un buen número de vecinos había acudido a su entierro. Miré a mi alrededor y pensé que tal vez la mitad de los comercios del pueblo estarían hoy cerrados, allí estaba Joe de la tienda de ultramarinos, Lisa la dueña de la frutería junto a su marido de bigote espeso, Clement y Mary que habían peinado a mi abuela desde siempre en su peluquería, y Vince el carnicero. Fue entonces cuando lo vi, a la sombra de un inmenso ángel que adornaba una tumba cercana, allí se ocultaba un hombre con sombrero. No lograba ver sus facciones pero sabía que me miraba y yo a él. Me sentí enrojecer y el corazón me iba mil por hora. Por su figura parecía joven y de constitución fuerte, no me recordaba a nadie del pueblo.

Después del funeral se reunieron todos en casa de mi abuela, con sus bandejas de comida y las típicas palabras de consuelo. Agobiada por el ir y venir de personas que me daban su pésame salí por la puerta de la cocina al jardín trasero y me senté en los escalones sin darle demasiada importancia al vestido negro.

– La he estado esperando – dijo una voz junto al árbol que antaño había plantado mi abuelo.

– ¿Quién es usted? – pregunté sobresaltada. La figura salió de entre las sombras y caminó hasta el pie de la escalera. Era el mismo hombre del cementerio con su traje negro y el sombrero. Tutum Tutum.

– Me llamo Thomas Vermont – dijo a la vez que se quitaba el sombrero e inclinaba levemente. Tenía el cabello fino rubio recogido en una cola de caballo baja, el mentón recto rodeaba una boca de labios gruesos. Todo en él parecía perfecto, incluso aquellos ojos grises del mar en invierno. No, definitivamente no era nadie del pueblo, me habría acordado.

– No le conozco, ¿era usted conocido de mi abuela? – pregunté.

– Necesitaba que hiciera algo importante por mí – se sentó junto a mí en el escalón y suspiró – pero creo que llego algo tarde.

– Mi abuela nunca me habló de usted, aunque hay muchas cosas de las que ella no hablaba.

– Es posible que usted no supiera muchas cosas de ella, ni de sí misma por lo que veo – dijo – ¿es usted su hija?

– Su nieta – contesté con tristeza – hace dos años vine a vivir con ella.

– Hay que ver cómo pasa el tiempo – dijo él y yo le miré extrañada pues no parecía mayor que yo. – Imagino que la echará usted de menos.

Sin darme cuenta las lágrimas se derramaron por mis ojos recordando cada momento que me había regalado aquella anciana. Él extendió la mano como quien quiere acariciar mi cara y enjugar mis lágrimas con los dedos, pero a tan solo unos centímetros detuvo el gesto y retiró su mano dejando mi piel con anhelo.

– No quisiera entristecerla más, veo que ha salido usted a tomar el aire. Solo he venido a darle mi pésame. – dijo recogiendo el sombrero para levantarse.

– Puede dejar de tratarme de usted, me llamo Catherine aunque todos me dicen Cathy – dije mientras extendía mi mano a modo de saludo -siéntese, no me molesta.

Miró mi mano y sonrió pero no la estrechó. En su lugar se recostó hacia detrás apoyando el cuerpo en los codos. Le miré y me acordé de James Dean en Rebelde sin Causa, tan pagado de sí mismo. Tutum tutum. De haber sido del pueblo lo habría recordado, seguro.

– No pareces ser de por aquí – solté de pronto

– Viví en el pueblo hace algún tiempo – respondió con la mirada ausente.

– Has dicho que necesitabas a mi abuela, ¿hay algo que yo pueda por ti? – pregunté

– Tal vez sí, pero éste no es el momento adecuado – contestó – ¿Piensas volver ahí dentro en algún momento? – preguntó señalando al interior de la casa.

– He pensado que si me sentaba aquí el tiempo suficiente…

– ¡Cathyyyy! – se oyó de pronto desde dentro.

– Va a ser que no el suficiente – me levanté y abrí la puerta de la cocina para entrar, me giré una última vez para despedirme pero él ya no estaba.

Lentamente la casa se fue vaciando, ya solo quedaban mis padres a quienes un taxi esperaba en la puerta.

– ¿Seguro que vas a estar bien, cariño? – preguntó mi madre por enésima vez.

– Sí mamá, ve tranquila – respondí cansada.

Cerré la puerta y empecé a recoger en un vano intento de ordenar mi vida y aclarar todo aquello. Cuando terminé me senté en el patio trasero con una taza de té caliente, como hacíamos juntas cada tarde. Nos gustaba observar las flores y discutir qué haríamos en el jardín al día siguiente. Miré el gran árbol que había plantado mi abuelo cuando compraron aquella casa y me acordé de Thomas Vermont y la breve conversación que habíamos mantenido tan solo unas horas antes. Sentía curiosidad por saber de dónde venía y sobretodo qué tenía mi abuela que ver con él.

Aquella noche soñé con ella, corría por el bosque riendo y saltando entre los troncos. Un joven la perseguía gritando su nombre. Ella parecía grácil y joven, aunque su cara seguía siendo la de mi abuela. Si me atrapas te daré un beso, la oía gritar divertida. Llegó a un riachuelo y miró hacia atrás. Una figura entre los árboles gritó, Ten cuidado Catherine, puedes resbalar. Pero ella en su afán de proteger un beso cruzó pisando las piedras sin importarle mojarse el vestido vaporoso que llevaba puesto.

Desperté a la mañana siguiente con el sol radiante entrando por la ventana. Aquel iba a ser un día largo, así que mejor empezar cuanto antes. Después de desayunar me puse a empaquetar las ropas de mi abuela y sus muchos recuerdos. Pasaban varias horas del mediodía cuando al fin me senté en el porche delantero con un zumo y un sándwich por almuerzo. No es que tuviera mucha hambre pero debía hacer el esfuerzo. Tan pronto terminé le vi acercarse por el sendero que lleva a la casa, con su mismo traje y su sombrero. Caminaban como los caballeros andantes sabido de que rescatará a su princesa con éxito. Por un momento me enfadé con mi abuela por no habérmelo presentado antes.

– Buenas tardes – saludó, de nuevo quitándose el sombrero – ¿cómo se encuentra?

– Ya le he dicho que puede tutearme si no quiere hacerme más vieja – respondí – La verdad es que necesitaba algo de aire después de pasar el día ahí dentro.

Miró al interior de la casa como debatiéndose por dentro. Después volvió a mirarme con aquella sonrisa radiante.

– ¿Quieres venir a dar un paseo? – preguntó

– De acuerdo – respondí – entro a por una rebeca y vuelvo enseguida.

Salimos por el camino que se adentra en el bosque en silencio. Él parecía sumido en sus pensamientos y yo empecé a sentir un escalofrío que me recorría por dentro. Había sido una idea muy irresponsable por mi parte adentrarme en el bosque con un desconocido por mucho que se llamase Thomas Vermont. Pero necesitaba saber más cosas de él, de dónde venía, cuánto tiempo se quedaría y sobretodo qué pintaba mi abuela en todo esto.

– Dime, ¿de qué conoces a mi abuela? – pregunté para quitarme el miedo.

– Yo… -dudó durante un instante – Mi abuelo era quien la conocía en realidad. ¿Qué sabes de ella antes de casarse con tu abuelo?

– Era huérfana, a los dieciséis fue acogida en la casa de un terrateniente como doncella hasta que casó con mi abuelo. No le gustaba hablar de aquello, supongo que se sintió muy sola hasta que formó su propia familia.

– ¿Era feliz con tu abuelo? – volvió a preguntar.

– Supongo que lo apreciaba a su manera, los matrimonios de antes no eran como los de ahora, la gente se casaba buscando más una comodidad futura y no un amor inmediato. Creo que ella más que amarlo lo admiraba por haberla sacado de aquello y darle la oportunidad de llevar su propia casa. – curiosamente era la primera vez que expresaba aquella opinión en voz alta. Todos queríamos a mi abuelo, era un hombre honrado, trabajador, siempre callado y que obedecía a pies juntillas a mi abuela.

– Tenía veinte años, mi abuelo, cuando conoció a Catherine y desde el primer momento le pareció un ángel caído del cielo, con aquellos grandes ojos azules tristes y asustados, y el rebelde cabello pelirrojo que se le escapa de la cofia. Tan frágil y delgada que parecía que el peso de la bandeja le iba a partir el brazo en mil pedazos. – Se quedó pensativo durante un instante – Mi abuelo era hijo de un terrateniente del sur y tu abuela era un rayo de luz a sus ojos desde el día que pisó aquella casa. Le susurraba palabras de amor por los rincones y le relataba las maravillas de su rostro dejando que ella también se enamorara.

Me sentía tan embelesada que no me había dado cuenta que llevábamos un rato en silencio y nuestros pasos nos habían llevado un riachuelo bien parecido al de mi sueño.

– ¿Qué pasó? – pregunté mientras él cruzaba.

– La historia de siempre, ella fue el capricho de un joven adinerado y más tarde o más temprano fueron descubiertos. A ella la echaron de la casa y a él lo casaron con una joven bien posicionada – pisaba las piedras con cuidado tras sus pasos – Jamás conoció el amor hasta el día en que te vi entrar por aquella puerta. – Saltó al otro lado y me miró al tiempo que yo resbalaba en la última piedra. Caí en sus brazos sobre la tierra seca con sus ojos grises mirando directamente en los míos. Tutum Tutum. ¿Había entendido bien o mis oídos me habían jugado una mala pasada?

– Creí que jamás podría tocarte… – dijo con un anhelo en la voz inimaginable. – Llevo toda una eternidad buscándote.

Me perdí en aquellos ojos deseando que me arroparan y me llevara en brazos a casa. Sentía su cálido aliento cercano a mi boca y deseé besar aquellos labios más que a nada. Cerré los ojos y de pronto una idea cruzó mi cabeza, me incorporé rápidamente y le miré alterada

– ¿De qué me estás hablando? – dije con la voz algo más chillona de lo que esperaba.

– Yo estaba allí el día que murió tu abuela, siempre fue muy testaruda y no iba a irse ni dejarme ir hasta que le presentase mis disculpas por lo que le había hecho. Pero entonces apareciste tú y ya no pude irme.

– Eso no es posible, no había nadie y tú me estás tomando el pelo – ahora sí que estaba realmente enfadada.

– Ella se rió de mí al ver mi cara cuando entraste por aquella puerta. Siempre creí en la inexistencia de los flechazos hasta que el sol iluminó tu rostro. En su perdón me dijo que al fin te había encontrado y que debía cuidarte pues eras su niña dulce y buena.

Recordaba aquellas palabras, las últimas de mi abuela, se me habían grabado en el corazón a fuego. Entonces le vi, junto a los árboles, el riachuelo, era el hombre de mis sueños, la voz que gritaba el nombre de mi abuela ¿o tal vez era el mío? Era él lo que yo había estado buscando, el amor de una vida y de una muerte, una visión en mis sueños, un amor, un amigo, un fantasma.

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