¿Gabriel?

  • Laura Smith

  • Bill Patterson

  • ¿Gabriel?


Estúpida túnica otra vez se me ha enganchado a la puerta del coche, así no hay quien haga su trabajo. En la próxima junta propongo el chándal como uniforme o mejor se lo digo a mi hermana mayor. Tener 16 años y estar en el oficio es una lata, no solo te priva de bailes sino además de voz y voto en las juntas. Esto es un asco y el sol es un asco, no entiendo porque siempre me toca el turno de día. Fantástico, ahí está otra vez ese muchacho y su bicicleta que siempre se empeña en meterse en mi camino, un día de estos acabará en mi lista. Puedo oler sus cabellos desde aquí, a miel y hierbas, cada fina hebra al viento. Hoy debe llegar tarde a clase y aún así no pierde esa sonrisa que tanto me molesta.

Con el tiempo uno llega a conocer a cada personaje del barrio, las señoras de la frutería, el carnicero Han, Mike del taller de coches y todas esas familias de las casas residenciales. Tarde o temprano ellos también me acaban conociendo a mí. Hoy me toca recoger a la señora Smith de la calle Galeway. Siempre me pareció una anciana simpática excepto por los gatos. Odio los gatos.

– Buenas tardes Sra. Smith, he venido a acompañarla  – le dije

– ¿Ya?… pero si aún no ha terminado la novela. Además, ¿no eres un poco joven? –. Una se encuentra todo tipo de reacciones cuando llega a la puerta de una casa pero la de los ancianos de más de ochenta casi siempre es la misma. Nunca están contentos con nada y siempre creen que los demás son demasiado jóvenes. Aunque en mi caso no es de extrañar.

– Lamento decirle que hoy soy la única que está de servicio en esta zona – dije.

– ¿Y qué va a ser de mis gatitos? ¿Quién va a cuidar de ellos? –. Típico, siempre me pregunté por qué a las ancianas les gustaba vivir rodeadas de gatos. Los miré aprensiva.

– Señora eso no es mi trabajo, si quiere mando a alguien a por ellos –, dije con una sonrisa macabra por mi propio chiste –, pero no creo que usted quiera eso.

– Está bien, está bien – dijo la señora resignada – será mejor que nos vayamos ya.

Fuimos hasta el coche y la anciana se detuvo en seco ante la puerta. Para qué nos vamos a engañar, eso tampoco era la primera vez que pasaba.

– ¿Vamos a ir en esto? – preguntó con cara de sorpresa. Hastiada le contesté.

– Siii señora, ¿no le gusta? –  yo estaba encantada con el Porsche Cayman S que las hermanas me habían dado como nuevo coche oficial de la empresa –. No se preocupe no le pasará nada –, dije en tono de burla.

– Mi pobre Anthony siempre quiso uno de estos – dijo ella acompañado de un suspiro.

– Él dijo exactamente lo mismo y bien que disfrutó del viaje –. Sonreí a la anciana y la expresión de su cara por fin parecía feliz. Muchas veces me había dado cuenta que las cosas más sencillas eran las que realmente hacían feliz a la gente.

Subimos al coche y emprendimos su viaje, atrás quedó la calle, la casa, los gatos y los recuerdos del viejo Anthony.

Horas más tarde aparco a la salida del instituto, me gusta venir cuando estoy libre. Las chicas de mi edad van con sus faldas cortas y las carpetas en las manos. Miran algún que otro chico al pasar y se ríen entre ellas. No entiendo qué ven en el muchacho de la bicicleta, siempre tan pagado de sí mismo con unas zapatillas viejas y la camiseta desvaída.  Me pregunto cuál de ellas irá al baile esta noche con él y río al pensar en lo absurdo que lucirá en esmoquin. Beepbeep Beepbeep. ¡Diablos! La alarma de mi reloj, voy a llegar tarde a la estación.

Subo por la avenida Regent en un atasco imposible de hora punta, los semáforos me desesperan y tengo que llegar al extremo de la ciudad en menos de un minuto. Tuerzo en un callejón estrecho peatonal y acelero esquivando contenedores de basura. Veo el sol radiante al otro extremo, y lo que es mejor, la calle Eagle vacía. Unos metros más y estaré libre de tráfico. De pronto oigo mi propio frenazo y un golpe seco. Mierda, esto no me puede estar pasado. Bajo del coche y allí está, de pie mirándome, el chico de la bicicleta.

– ¡¿Estás loca?! –, grita el muchacho – ¡¿Qué coño haces saliendo de esa calle?! ¡Mira cómo has dejado mi bicicleta! Y… y… – sus ojos se abren como platos, mira el suelo y me vuelve a mirar.

– Yo… no entiendo lo que ha pasado – digo desconcertada, saco mi libreta del interior de coche y la reviso – esto no me había pasado nunca, tú no estás en mi lista.

– ¡¿De qué estás hablando?! –, pregunta mirándome a los ojos, nadie había hecho eso nunca.- ¡¿Y por qué está mi cuerpo ahí y yo aquí?!

Beepbeep Beepbeep. ¡Demonios!, la segunda alarma de mi reloj vuelve a sonar y el Señor Patterson debe estar esperando.

– Vale muchacho, esto es lo que haremos. Súbete a mi coche, te lo explicaré por el camino.

– ¿Estas de broma? No pienso dejar mi cuerpo ahí -, dice señalando aquel estropicio con desespero –. Además, ¿quién coño eres?

– Pensaba que eras tonto pero definitivamente acabas de confirmarlo -, digo desesperada –. Párate a mirarme, ¿tengo pinta de ir a un baile de disfraces? Desde luego esto es lo último que llevaría. Ahora si no te importa sube al coche, no quiero pensar en lo que pasará si pierdo al señor Patterson en la estación. Aunque bien visto no creo que pueda ser peor que esto.

El muchacho me mira con la boca abierta, mira el coche y me vuelve a clavar aquellos ojos verdes. Noto una sensación extraña en el estómago, sin duda aquello no debería estar pasando.

– De acuerdo – dice –, a fin de cuentas siempre quise montar en un Porsche Cayman S.

Sonrío y me siento al volante, al menos sabe de coches. Arranco y salgo hacia la calle Eagle esquivando la bicicleta.

– Bueno –, dice algo más calmado – y ahora ¿vas a explicarme qué hago aquí?

– Si te soy sincera, no tengo ni idea – le tiro la libreta – tú no estabas en mi lista hoy, nadie me informó.

– Pero, ¿entonces…? –, dice mientras pasa las páginas – ¿qué ha pasado?

– Técnicamente estas muerto, de eso no hay duda, pero no te tocaba irte. Así que podría decirse que eres un fantasma hasta que cumplas tu cometido.

– Mi… ¿cometido? – aparco frente a la estación y le miro.

– Hay personas que nunca lo alcanzan y pasan ese camino que es la vida buscando hasta que se les agota el tiempo. Otros lo encuentran antes de lo que muchos imaginan. Cada cual tiene un cometido; un viaje, un amor, el dinero, la fama, el reconocimiento… Todo depende de su condición humana. – Me mira con la boca abierta –. Te diría eso de que cierres la boca o te entrarán moscas – río con sorna -, pero creo que no va a ser el caso. Tengo que ir a por el señor Patterson -, digo mientras bajo del coche.

– Voy contigo – Baja del coche y me encojo de hombros.

– Como quieras -, continúo mi camino hasta la puerta de la estación.

– ¿Y qué le pasó al Sr. Patterson? ¿Lo atropelló un tren?

– Por increíble que te parezca ahora mismo, no todo el mundo muere atropellado. Él tan solo resbaló al bajar del tren y se dio un golpe en la cabeza.

Entro en el edificio y lo veo allí entre la multitud desorientado. Ya han llegado los paramédicos y la gente se agolpa alrededor del cuerpo.

– Señor Patterson – digo con un tono de voz que oirían hasta los muertos. – Siento llegar tarde, ha surgido un pequeño percance.

– ¿Sigo muerto? – pregunta.

– Oh, lamento decirle que eso sigue en pie, ¿nos vamos?

– Sí, creo que he tenido suficiente de verme a mí mismo – dice mientras camina hacia mí con una pequeña maleta.

– Veo que lleva usted equipaje – pregunto con curiosidad.

– Bueno, dicen que uno se va con lo puesto. – contesta con seriedad encogiéndose de hombros. Aquello me arranca una sonora carcajada, el muchacho me mira con sorpresa y me callo. – ¿y quién es este?

– Oh, este es el inconveniente del que le hablaba – digo sin mirar al chico.

– Tengo nombre, ¿sabes? – replica.

– Uhmmm sí, estaría bien saberlo porque claramente no estás en mi lista.

– Me llamo Gabriel – contesta tendiendo una mano al señor Patterson.

– Oh fantástico –, digo con sarcasmo mirando al techo, – con un arcángel hemos topado. Esto no me puede estar pasando.

– ¿La dama tiene un nombre? – pregunta el señor Patterson, esta vez con una sonrisa. Empezaba a caerme bien, lástima que nuestro encuentro fuese breve.

– Mi nombre es Moriah, pero mis amigos prefieren llamarme Muerte – digo con una mueca por sonrisa.

Después de mi turno siempre iba a la colina a las afueras de la ciudad. Me gustaba contemplar cómo las luces se iban encendiendo poco a poco ante la llegada de la noche, y ver el sol ponerse un día más por el oeste en un ciclo infinito. Esta era la primera vez que no iba sola.

– Ha sido precioso – dijo una voz a mi lado. -¿Siempre es así?

– Sí – sonrío y le miro – lo dices por el señor Patterson, supongo.

– Para que luego digan que este es un trabajo horrible – contesta. – Te imaginaba como un esqueleto, con guadaña y corcel negro.

– Jajajaja, a mí también me gusta leer a Pratchett – digo -, pero creo que solo acertó en lo de las túnicas.

– Y en la ironía – dice riendo. – No he visto a nadie más en tu lista.

– He terminado mi turno por hoy – digo. – Esta noche le tocará a alguna de las hermanas.

-¿Y qué pasará conmigo? –, pregunta -. Sigo sin saber mi cometido.

– No lo sé, imagino que te quedarás hasta que lo encuentres – respondo. –Mientras, puedes encantar mansiones o perseguir chicas en minifalda.

Lo veo mirar al suelo con tristeza, sus pies raspan la tierra. Pienso en la alegre sonrisa de esta mañana y los ojos verdes chispeantes de vida. El sol en sus cabellos, aquel olor a miel y hierbas, y vuelvo a notar esa punzada en el estómago que me sube hasta el pecho. ¿Es esto lo que los humanos llaman sentir? ¿Es tristeza o es alegría? Me mira y se acerca temeroso, nadie ha estado nunca tan cerca.

– ¿Estas llorando? – dice mientras roba una lágrima con su pulgar de mi cara. Me acerco las manos y siento la humedad en los dedos.

– ¿Por qué? – pregunto desconcertada.

– ¿Pensabas en algo triste? –, dice mientras agarra mi barbilla para que le mire a los ojos.

– Soy la muerte, la tristeza va asociada al nombre.

– Pero no piensas en ella –, contesta. De pronto se separa de mí y abre los brazos. -¿Bailas?

– ¿Bailar? –. Nunca había estado tan confundida.

– A estas horas debería estar en el baile con Jen – responde -, pero bailar con la muerte resulta ahora mismo de lo más tentador.

Sus labios se abren en una sonrisa acogedora y me acerco a él hipnotizada. Noto como rodea mi cintura mientras torpemente pongo mis manos en su cuello. Está frío pero no me importa, nunca se me permite tocar a nadie, pero el calor humano no es algo que eche de menos.

– Veo que tienes cintura –, dice con un soplo de aire fresco en mi oído. Damos los primeros pasos al compás de una música que nadie escucha y trastabillamos con la túnica.

– Tenía el vestido de fiesta en la tintorería – digo con sarcasmo. Agarro  una punta de la tela como una dama en un vals y seguimos bailando. Cierro los ojos y me dejo llevar por sus pasos con la cabeza apoyada en el hombro.

– Moriah…

– ¿Mmmmh?

– ¿Se puede querer la muerte?

– La gente busca la muerte a diario – digo desde su hombro.

– ¿Y si a quien quieres es a la propia muerte?

– No te entiendo Gabriel – contesto aún perdida entre sus brazos y su cuello.

– No importa – responde mientras me estrecha un poco más.

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