La Flor del Dragón

La pequeña iba agarrada de su mano mientras daba saltitos al caminar para mantener el ritmo de su abuelo. Le gustaba acompañarlo en sus paseos por el campo porque siempre le contaba historias. El abuelo conocía toda clase de leyendas del pueblo; de los elfos de los bosques en los que ya nadie creía, de las estrellas del firmamento y las rocas y montañas allá a lo lejos. Caminaban cada tarde por senderos diferentes entre arbustos y árboles sin alejarse demasiado del pueblo.

– Dime abuelo, ¿por qué la llaman la flor del dragón? – dijo la pequeña señalando un arbusto cercano. Era una flor hermosa de intenso violeta. Sus pétalos aterciopelados formaban una estrella que en el centro adquiría un tono naranja fuego.

– Esta es una triste historia que no te gustaría saber – respondió el anciano.

– ¿Por qué? – insistió la niña

– Es más hermosa si no te produce tristeza mirarla

– Cuéntamela por favor –, volvió a insistir tirando de su manga. El hombre la miró ceñudo evaluándola con aquellas cejas que hacía tiempo se habían vuelto canas. Sabía que no pararía de insistir hasta que se la contara.

– De acuerdo – dijo sentándose en una piedra lisa – a fin de cuentas ya eres mayorcita, no creo que vayas a tener pesadillas.

La niña contenta de haber ganado la partida se sentó junto a él en la hierba. Cruzó las piernas y le miró con los ojos vivos de expectación.

– Cuentan los que fueron más ancianos que yo, que los Tullen no conseguían tener hijos por mucho tiempo que llevasen intentándolo –, el hombre guiñó el ojo con picardía a la pequeña y ella se sonrojó. – Ambos eran desdichados, ella por no ser capaz de darle un hijo a su amado y él por no soportar la tristeza de ella. Una mañana de mayo, cuando el señor Tullen salió al bosque de caza con su perro, oyó un llanto entre los árboles. Allí, en el hueco de un árbol, salido de la nada, había un bebé abandonado. Cuando Herman puso el pequeño en brazos de su esposa, todos en el pueblo creyeron que había sido una bendición del cielo para la joven pareja. Pero no iba a ser la última pues pocos meses después, Tanya quedó en cinta. Ella siempre contaba que su hijo había anunciado la llegada de la pequeña. Él había puesto su inocente manita en el vientre de la madre y con una risa infantil la miró a los ojos con un extraño brillo en la mirada. En mayo del siguiente año dio a luz a una preciosa niña. Aerin y Tyrion se criaron como hermanos o algo más intenso que eso. Todos aseguraban que tenían una conexión especial, casi como gemelos. El uno sabía las necesidades del otro y tenían conversaciones casi silenciosas entre miradas y gestos. Era una relación inocente y pura, y a nadie extrañaba verlos juntos después de sus tareas, aunque jamás compartiesen juegos con los demás niños del pueblo.

Eran el quince cumpleaños de Tyrion cuando aconteció la tragedia. – Hizo una pausa para mirar a la pequeña. Le gustaba ver cómo se inclinaba cada vez más hacia delante a medida que daba mayor expectación a la historia. – Aquella tarde Aerin y Tyrion salieron al bosque a recoger setas para darse un festín de celebración por la noche. Distraídos como estaban, bajo la copa de los árboles no se daban cuenta de lo avanzado de la tarde, hasta que empezó a costarles distinguir las raíces de los árboles del suelo. O al menos eso es lo que cuentan. De ese modo, y cogidos de la mano como siempre, emprendieron el camino de regreso a casa sonrientes. El sol se derramaba ya entre las montañas en un ocaso rojo y hermoso. A Aerin le encantaba contemplar como los cabellos cobrizos de su hermano se iluminaban con sus reflejos, pero en aquel momento vio en su rostro una mueca de dolor y unas gotas de sudor que perlaban su frente. Al instante siguiente su hermano estaba de rodillas en el suelo sujetándose el estómago tratando de amainar algún daño invisible para ella. Se arrodilló frente a él y le alzó la cara con mirada inquisitiva. Lo que vio en los ojos de Tyrion la paralizó pues habían cambiado su tono castaño por la roca y fuego en movimiento. Los brazos del chico comenzaron a enrojecer y su cuerpo entero sudaba. La hierba bajo sus pies se ennegreció y Aerin se vio a sí misma retrocediendo ante el avance de aquella mancha oscura. El cuerpo de su hermano empezó a temblar y retorcerse, a aumentar de tamaño con cada pulso. Aerin contempló cómo las ropas de su hermano se desgarraban y bajo ellas aparecían escamas de color rubí. En poco tiempo el ovillo de carne y escamas se había convertido en un dragón que rugía de dolor. De sus fauces salieron llamas que por poco queman los cabellos de Aerin. Atacada por el horror y el miedo, la muchacha empezó a correr hacia el pueblo. Antes de que llegara ya había algunos esperando pues sus gritos se oyeron desde lejos. – El hombre se quedó en silencio, pensativo largo rato. Durante lo que pareció una eternidad la pequeña lo miró expectante, pero la curiosidad le pudo más que el respeto a su abuelo.

– ¿Y entonces qué pasó con ellos? – preguntó devolviendo la mirada de su abuelo al presente.

– Aislin estaba en estado de shock y el pueblo vivió aterrorizado por el fuego durante toda la noche. No sabían dónde refugiarse mientras la bestia seguía incendiando granjas y cultivos aquí y allá. De madrugada los hombres ya habían organizado una partida para dar caza al dragón. Habían reunido tantas cadenas como les fue posible y el herrero se encargó de unirlas. Con algunas cabras y ovejas tenderían una trampa a la bestia pues en algún momento creían que necesitaría comer algo. Se acercaba ya el alba cuando la criatura por fin apareció. Llevada por su olfato y el hambre cayó en la trampa, las cadenas se tensaron y el pecho de la bestia quedó al descubierto. Uno de los hombres, conocido en el pueblo por su certera puntería en la caza, apuntó una lanza a lo que creía era su corazón pero el tiro erró. A los pies del dragón con el arma apuntando al cielo había caído Aerin. El dragón bajó la mirada y encontró la de su hermana que con una última lágrima rodando por su cara dio su último aliento. La bestia, rota por el dolor rugió al cielo partiendo las cadenas que lo ataban. El sol despuntaba en el horizonte cuando su cuerpo prendió en llamas. La última visión de los que contemplaron la tragedia fue la de un muchacho con la joven en brazos, ambos bañados por el fuego. – El anciano volvió a quedarse callado como si en su memoria pudiera ver aquellas imágenes. La pequeña lo seguía mirando con enormes lágrimas rodando por sus mejillas.

De pronto dio un brinco en el sitio, -¿Pero qué tiene eso que ver con la flor del dragón? -, preguntó como quien ha descubierto la trampa.

– Se dice que allá donde las cenizas se esparcieron creció esta planta – dijo señalando el arbusto. – Y que aquel que arranque una flor y la vea convertir en fuego será el heredero del dragón y la doncella.

– ¿Por eso está prohibido cogerlas? – preguntó la nieta.

– Oh no, ya sabes que no son más que leyendas – respondió él con calma. – En realidad no se permite cogerlas porque son escasas. Solo crecen en esta zona y no quisiéramos marchitar su existencia.

– Dijiste que era más hermosa si no sabía la historia, pero la verdad la ha hecho más bella.

En anciano sonrió a la pequeña con asentimiento. – Realmente has crecido – le dijo mientras alzaba la vista hacia las montañas. – Es hora de que regresemos, se nos ha hecho tarde y pronto nos quedaremos sin luz. – Se levantó y recorrió unos metros del sendero mientras la niña aún contemplaba la flor embobada. Era la historia más hermosa de las que le había contado su abuelo. «Es muy bonita, no creo que haga mal a nadie», pensó. En un impulso incontrolado arrancó una flor de recuerdo y se metió la mano en el bolsillo de la falda. Notó el escozor de la culpa en la mano y el remordimiento por haber hecho algo prohibido se acentuó. Sintió ganas de tirarla y correr tras su abuelo pero cuando la miró, la flor estaba en llamas.

Comparte...Share on FacebookTweet about this on TwitterPin on PinterestShare on Google+Share on TumblrEmail this to someone

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *