Nueva York – Tokio #2

Miré mi mano atrapada en la suya, era cálida y grande, me sentía extraña agarrada de un desconocido. Había tirado de mi mano al salir del aeropuerto y no la había vuelto a soltar ni para comprar el ticket del metro. Yo tampoco quería soltar la suya.

El metro estaba atestado, entramos en el vagón a empujones y apreté aún más su mano temiendo perderle entre el gentío. El calor era sofocante y pensé en que me desmayaría y haría el ridículo si tenía que soportar aquello durante muchas paradas. Él me arrastró hasta un rincón y soltó mi mano para poner las suyas contra la pared a ambos lados míos impidiendo que la gente empujara. Miré sus zapatillas, ya no estaba tan agobiada pero no dejaba de sentir calor.

– ¿Te encuentras bien?, no tienes buena cara – dijo casi como un susurro en mi oído. Alcé la vista y me encontré con aquellos ojos preocupados. Me sentí enrojecer hasta las orejas por la cercanía.

– No… sé tu nombre – fue como pensar en voz alta.

– Eric – y volvió a mostrar aquella sonrisa – tampoco sé el tuyo.

– Beatriz – dije mientras el movimiento del vagón nos acercaba y alejaba.

– Ponte cómoda, aún tardamos un rato -. Difícil tarea, pensé. Sentía la proximidad, olía bien, a colonia infantil.

Quince minutos más tarde salimos a la calle, era un mercado lleno de puestos de antigüedades. Paseamos entre la gente bajo un día soleado y azul. Había cuadros, muebles, lámparas, la vajilla de alguna familia con sus iniciales grabadas, antiguos trajes de novia… todo era vintage y bohemio.

– ¿Te gusta? – Eric había entrado en un puesto a probarse una camisa de seda blanca. Me recordó esas películas de vampiros con su mezcla de ropa antigua y moderna, desde luego era mejor que la camiseta negra.

– Te hace más sofisticado – respondí con una sonrisa.

– Bueno, no creo que pueda estar a tu altura – dijo – ¿Has pensado cambiar de zapatos?, no creo que llegues muy lejos con eso.

Miré mis Manolos con tristeza y luego sus zapatillas gastadas.

– No pienso ponerme eso – dije con un mohín, señalando sus zapatillas. Él sonrió y se volvió a meter en el puesto.

– ¿Te parecen bien estos? – En la manos llevaba unas preciosas bailarinas forradas en una tela brocada rosa con una enorme hebilla, eran muy del estilo María Antonieta. Sonreí al recordar que Blahnik había diseñado los zapatos para esa película.

– ¿Me permites?  – dijo, sujetando el respaldo de un butacón orejero. Me senté teatralmente agarrando una falda inexistente y él se arrodilló ante mí. Sacó uno de los tacones y probó la bailarina en mi pie como si yo fuera cenicienta y él un príncipe oscuro salido de la nada. El zapato encajó perfecto, me miró y sonrió. – Ahora es la parte en que te casas conmigo y comemos perdices. – Sonreí.

– No me gustan las perdices – respondí con cara de pena.

– ¿Qué tal unos crêpes? – dijo

– Eso suena delicioso.

Pagamos al vendedor y salimos en busca de una crepería. Él parecía saber siempre por dónde ir, retrocedimos sobre nuestros pasos hasta la boca de metro y nos subimos nuevamente a un vagón. Esta vez iba vacío así que nos sentamos uno frente al otro.

– ¿No dijiste que no habías estado en Paris? – pregunté con suspicacia.

– No he estado – dijo – Llevo soñando con esta ciudad desde que cumplí los dieciocho, pero el azar no me había traído hasta aquí.

– ¿No hubiera sido más fácil pagarte un viaje que esperar al azar? – volví a preguntar.

– Aún no había llegado la persona adecuada – contestó con una sonrisa.

– ¿Qué te hace pensar que soy la persona adecuada?

– Uhmmm déjame pensar… inteligente, ropa cara, cuerpo escultural, melena salvaje rojiza, ojos verdes, labios perfectos… no, no, no, oh vale, supongo que no lo sé, sencillamente estabas allí en el lugar adecuado, en el momento adecuado. – dijo con soltura.

– ¿Has pensado que a lo mejor soy una asesina en serie? ¿Alguna especie de viuda negra? – dije entre risas.

– ¿De las que se sientan sobre una maleta lila a llorar por perder un vuelo? Si, lo he pensado pero he creído que podría arriesgarme, a fin de cuentas he sido yo quien te hizo la proposición, ¿no deberías ser tú la que tiene que estar preocupada? – terminó la frase con un tono de amenaza y burla. Aquello me dejó preocupada, tenía razón, ¿qué hacía yo con un completo desconocido en un vagón vacío del metro de París?

– Nos bajamos en esta – continuó.

Al salir a la calle encontramos un puesto ambulante de crêpes, debían de ser deliciosos porque la gente hacía cola para comprar. Cogimos el nuestro y fuimos paseando por los Jardines de Luxemburgo. Era un lugar agradable, lleno de esculturas, estanques y donde la gente se sentaba a leer en sillas dispersas a lo largo del parque.

– ¿Es todo como habías soñado? – pregunté rompiendo el silencio.

– Mejor – respondió mientras alzaba la vista al cielo. Era increíblemente guapo, cerró los ojos un instante mientras  dejaba que el sol le calentase y sentí que deseaba tener aquella cara entre mis manos. Bajó la vista y me pilló mirando embobada, sonrió y con aquella naturalidad que le caracterizaba sostuvo con los dedos mi barbilla y me besó.

Jijiji

¿Realmente creíste que lo iba a terminar?

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