Sirenai

No le había quitado los ojos en todo el verano, pero por más que lo intentaba no lograba llamar la atención de aquella joven. Tenía la piel como la nieve y un cabello negro azabache igual al tatuaje que adornaba su tobillo. No es que Simon fuera un chico feo, el ejercicio mantenía su cuerpo bien formado y musculoso pero ella claramente no estaba interesada. Había corrido por la orilla de la playa, hecho flexiones en la arena pero nada, ni una maldita mirada. Aquello empezaba a ponerlo de mal humor, siempre conseguía la chica que quería sin tener que acercarse. Pero aquella belleza lejos de sonrojarse lo ignoraba acostándose al sol durante horas con un bañador que, claramente marcaban unas curvas exuberantes. Enfermo por el deseo de obtener alguna respuesta, tomó la firme decisión de que hoy la perseguiría y averiguaría todo lo posible para comenzar la estrategia de encuentros casuales.

El sol tocaba el horizonte cuando ella se levantó, Simon a una cierta distancia la persiguió hasta el final de la playa donde la tierra se convertía en risco. Entonces la vio con cuidado bordear las piedras. Aquello no tenía sentido, sabía de la existencia de una  preciosa cala al otro lado pero nadie se atrevía a ir a estas horas por el peligro que ello traía. Llevado por la curiosidad siguió su camino escondiéndose tras rocas y manteniéndose en las sombras.

Cuando llegaron a la cala, Simon se escondió tras una enorme piedra recordatorio de que aquello no era una zona segura ¿qué estaba haciendo? La muchacha caminó hacia el mar hasta que el agua cubrió la mitad de sus gemelos. Resultaba curioso pues en todo este tiempo nunca la había visto tomar un baño. Entonces una luz cobró intensidad allí donde las olas mojaban su tatuaje en forma de dragón. El dibujo brillaba claramente bajo el agua como una luciérnaga de mar. Con sigilo Simon reptó hasta ganar una posición aventajada en la que ver la cara de la muchacha. Se sobresaltó al comprobar que el color de sus ahora labios negros se extendía por toda la cara y avanzaba sin dejar rastro del cuerpo albino de la muchacha. A medida que iba avanzando su piel se convertía en oscuras escamas tan brillantes como las de un pez. Ya solo restaba la espalda y cuando el fenómeno la alcanzó se produjo una explosión de alas negras tan grandes como sus brazos. Atónito, Simon no sea había dado cuenta cuan fuerte se estaba agarrando a la piedra hasta que sonó su móvil en mal momento. La criatura lo miró y quedó fulminado por el dolor y el miedo de aquellos ojos dorados. El teléfono seguía sonando mientras Simon incapaz de moverse contemplaba a la criatura que antes había sido una bella joven. De pronto dejó de sonar y el silencio se hizo eterno.

– No deberías estar aquí Simon – dijo ésta

– ¿Sa… Sabes mi nombre? – preguntó él. La criatura lo miró con tristeza mientras plegaba sus alas y avanzaba hasta la piedra. Acercó tanto el rostro que el muchacho pudo sentir su aliento frío en la cara. Temió que lo fuera a devorar en cualquier momento pero sus brillantes ojos decían todo lo contrario.

– Te he estado buscando –dijo- pero todavía no había llegado el momento.

– ¿A mí? ¿Qué… qué eres? – preguntó Simon cada vez más asustado.

– Mi nombre es Luarah, los marineros en sus leyendas nos llaman las mujeres dragón pero nuestra raza se extiende más allá de sus cuentos, somos los Siranai y poblamos esta tierra desde tiempos remotos. Antes gobernábamos el mar y los cielos, pero el mundo y sus cambios han exterminado nuestra raza. Nuestros hombres, protectores del hogar en los cielos, fueron lentamente exterminados y las mujeres dragón obligadas a permanecer ocultas en el mar. Nuestra gente mengua y ahora buscamos al heredero de la tierra que nos traiga la salvación. He venido a llevarte conmigo Simon y desde el momento en que cruzaste esas rocas ha dejado de ser una opción.

– No voy a ir a ninguna parte contigo – dijo el muchacho desconcertado –Además, ¿cómo sabes que soy ese tal heredero?

La joven puso su mano sobre la frente de Simon, la fría palma abierta tenía un tacto resbaladizo. De pronto un cosquilleo recorrió su espalda, allí donde lo sentía la piel se le iluminó y cuando el brillo se apagó un enorme dragón negro decoraba su espalda. La criatura retiró la mano y postró una rodilla en el suelo con la cabeza gacha.

– Bienvenido a casa alteza – dijo Luarah.

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